El maestro del terapeuta

El origen de la palabra maestro proviene del latín: magister. El Diccionario de la lengua española le otorga a este término alrededor de veintidós definiciones; pero prefiero, por sabia, la que realiza alguien que no conozco: “persona que, de alguna manera, mediante el ejemplo, nos transmite valores o enseñanzas que van más allá del conocimiento aprendido en la educación formal”.
La labor del maestro es un acto de presencia, un buen maestro va más allá de la transmisión de los conocimientos, su labor consiste en que el otro aumente su umbral de conciencia, a estar menos defensivos y se anime a buscar nuevos sentidos y significados. Se trata de una praxis orientadora hacia la autonomía integradora del ser humano que implica una forma de intervención desde una acción dinámica que le aporte al alumno-terapeuta la oportunidad de reflexionar, cambiar, reconstruir y enriquecerse de lo que es, y llegar a lo que puede (desea)
ser.

El espacio del maestro y alumno se convierte en un campo de aprendizaje que se vincula con el desarrollo de habilidades de vida para aprender a ser y aprender a guiar a otros en su búsqueda. En este espacio de encuentro el maestro actúa como testigo y no juzga, y se presta a descubrir los obstáculos de su alumno-terapeuta. Podría decirse que el profesor es el que profesa unos conocimientos como correctos que transmite, y el maestro es quien muestra o señala un horizonte para que mire y sea redescubierto por el alumno.
En este lugar se desarrolla una labor que le permite al alumno asumir la dirección de su propia vida y sus modos para relacionarse, conlleva “mirarse a sí mismo”, a través del “darse cuenta” de sus debilidades, conocimientos, fortalezas y posibilidades.
Los profesores enseñan sin recibir cualificación para enseñar y algunos con el tiempo trabajan desde un modelo mecánico. En la relación paciente y terapeuta, alumno y maestro, a menudo el maestro y terapeuta tienen claridad (no solo conceptual) constante y permanente de conciencia: el terapeuta debe ser conocedor de su mundo personal, ya que como profesional esto es inseparable de la forma de vivenciar las situaciones, en el quehacer de la labor terapéutica involucrado con otro ser al que orientar, que viene con su propio mundo personal y existencial. El maestro ya ha recorrido el camino antes, esto lo hace sabio; destacando que lo más importantes es que ambos tengan capacidad de transformación. La Gestalt nos recuerda que el ser humano tiene la posibilidad para adaptarse y reajustarse ante situaciones adversas, posibilitando un aprendizaje y crecimiento a partir de experiencias insospechadas.

Un profesor se centra básicamente en mostrar las temáticas y contenidos desde la lógica y sabe muy bien qué ocurre en la cabeza de su alumno, pero no tiene la menor idea de cómo facilitar su apertura, no se interroga por las transformaciones que tienen lugar en su ser y en sus alumnos cuando trasmite su saber, es decir, se focaliza en el aprendizaje y olvida la vía por la que lo podrían adquirir. ¿Qué descubre el maestro al pasar tiempo junto al alumno, por las charlas que tienen de otros temas además de los relacionados con su profesión? La oportunidad del maestro de asomarse al curso de la vida de su alumno hace posible reflexionar sobre la existencia de un hilo conductor que guía, en algún sentido, la vida de esa persona. Será conocedor de aquello que le desequilibra (incapacidades, fracasos, obsesiones, etc.) y, también, atenderá a las condiciones que necesita para el cambio, la evidencia que proporciona la psicoterapia ayuda a poner coherencia a la experiencia de la persona.

La pregunta que surge es ¿cómo establecer contacto entre el maestro y el alumno de tal manera que no se sientan las divisiones de las etiquetas y los juicios y se vaya más allá de las ideas preconcebidas? Un buen maestro es el que logra sacarse la “etiqueta” sin perder el respeto del alumno. El alumno lo valora por la capacidad de transmitir la palabra adecuada y no por su título. El concepto de terapia de Carl Rogers se distinguía por afirmar que no es un encuentro entre un experto (terapeuta) y un acólito (cliente), sino un encuentro existencial que activaría la sanación innata y el potencial de crecimiento innato a cada persona.
¿Qué pasaría si como maestros o terapeutas no intentáramos buscar significados ocultos y más bien nos dedicáramos simplemente a observar y sentir lo que ocurre en el proceso de esta relación? ¿En qué momentos de la relación con nuestros alumnos les estamos impidiendo ser lo que son sin pretender cambiar nada? El trabajo personal del maestro-terapeuta ha de ser tan amplio como para que su ego no participe negativamente en el aprendizaje de su alumno.
Entendemos que el ego es un constructo mental que contiene, principalmente, la imagen que uno tiene sobre sí mismo, el maestro ha de estar más avanzado que el alumno en la representación de su ego, y convirtiéndose en una acumulación de información bien organizada, que en ningún momento actuará por su cuenta. Es, simplemente, un depósito de información que da sentido y conexión a su vida emocional. Nos dejamos sorprender cuando descubrimos después de una experiencia en la terapia que lo que manifiesta el cliente también me está sucediendo a mí. Cuanto de lo que recibo de un cliente me transforma. Sus vivencias modifican las mías por lo que despiertan en mí por no haberlas trabajado o porque en ese momento de mi vida también tengo similares circunstancias. Es en este momento cuando podemos compartir nuestra presencia como seres humanos reales.

El maestro viene a compartir con el alumno su intención de ampliar la conciencia de sí mismo.
La conciencia como constructo tiene principalmente dos funciones, la primera de ellas es acceder a la información, como condición de evocar, describir y de convocar a la presencia, una gran cantidad de contenidos (imágenes, recuerdos, emociones, etc.), unos contenidos pueden ser traídos con facilidad mientras que para otros hay que realizar una labor de búsqueda (da sentido a la psicoterapia); la segunda de las funciones se refiere a la de relacionar los contenidos entre sí. Se crea así una relación nueva, consecuencia de ver y comprender algo de manera novedosa que permite otras posibilidades de desarrollo personal.
Como terapeuta no da lo mismo preguntar «¿por qué eres así?» o «¿qué sucede?» Lo que permite el cambio real no es alejarse de la situación y tratar de imaginarla, sino experimentar realmente lo que ocurre. Cuando vemos con claridad lo que sucede nuestra conciencia se acopla a la realidad y aumenta nuestro grado de unidad interna.
Ser terapeuta requiere profesionalizarse, requiere una formación intensa. No se nace con el don de analizar y repartir soluciones a los problemas psicológicos de las personas que acuden a psicoterapia. El terapeuta debe adquirir conocimientos teóricos y aplicarlos en su persona, y seguir trabajándolo durante toda su vida profesional. Es cierto que a veces sucede que, desde el principio, el terapeuta tiene motivación por querer implicarse en el bienestar psíquico de las personas. Aunque esta motivación no sea tan común, no es suficiente. Es un mero prerrequisito y es en ese camino dónde se puede llegar a pasar de terapeuta a maestro de terapeutas, en una labor de enseñar el oficio desde un lugar más experiencial.

Podríamos decir, en definitiva, que un formador es una persona que pone en práctica una relación de «dar y recibir mutua», con otra u otras personas. En la que se da, experiencia, valores, emociones, información, y también recibe: valores, emociones, información y experiencia, a distintos niveles, pero todos igual de importantes.
La docencia es ayudar a que uno reconozca sus propios límites. Parafraseando a Máximo Gorki en su novela La Madre: “si tus alumnos no son mejores que tú, has fracasado”.

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